El conectivismo nació, hace exactamente dos décadas, para nombrar algo que las teorías de aprendizaje anteriores no podían acomodar (Siemens, 2005). El cognitivismo seguía pensando el aprendizaje como almacenamiento individual de representaciones mentales. El constructivismo lo entendía como construcción interna de esquemas. Ambos enfoques colocaban al sujeto en el centro y trataban la red de información como un entorno externo del que el sujeto extrae materiales. El conectivismo desplazó ese centro. Propuso que el aprendizaje, en la era digital, ya no se explica adecuadamente sin atender a la red de conexiones que el sujeto consigue construir, mantener y atravesar. El conocimiento, en esta formulación, ya no reside íntegramente en la cabeza del aprendiz, sino en la red.
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Fernando Santamaría sostiene que el Conectivismo Clásico ya no nos sirve para nombrar lo que ocurre cuando un estudiante universitario aprende en 2026. No porque sea falsa, sino porque es insuficiente. Hay algo en los modelos IA que los postulados conectivistas no pueden albergar. Y ese algo coincide, sospechosamente, con lo que la irrupción de los modelos de lenguaje a gran escala han hecho con nuestras prácticas docentes. Lo que presenta es una propuesta de cambio de metáfora, con todo lo que esta podría arrastrar...