Hace apenas unos años, solicitar a los estudiantes un trabajo o ensayo era una forma bastante fiable de saber si habían comprendido un tema. Escribir obligaba a leer, seleccionar bibliografía, ordenar ideas, descartar argumentos poco sólidos y construir un razonamiento propio. El trabajo final podía ser mejor o peor, pero, casi siempre, llevaba detrás un proceso intelectual que el profesor podía dar razonablemente por supuesto. Hoy esa relación ha dejado de ser evidente.
Hay una escena que empieza a repetirse en universidades de todo el mundo: un profesor propone, por ejemplo, un ensayo sobre la teoría de la justicia de John Rawls; una semana después recibe treinta trabajos impecablemente redactados, bien estructurados, con una bibliografía correcta y una prosa sorprendentemente uniforme.
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La irrupción de la IA Generativa está obligando a las universidades a replantearse algunas de las preguntas más fundamentales sobre la enseñanza. Si una máquina puede redactar un ensayo, resumir un libro o responder con solvencia a una cuestión compleja en pocos segundos, ¿qué sentido tiene seguir enseñando y aprendiendo del mismo modo que hasta ahora? Este artículo sostiene que el verdadero desafío no es tecnológico, sino pedagógico. La cuestión no consiste en prohibir o aceptar el uso de la inteligencia artificial, sino en redescubrir cuál ha sido siempre la misión de la universidad: formar personas capaces de comprender, argumentar, deliberar y ejercer un juicio propio.