Actualmente, existe un error de diagnóstico en el debate actual sobre la Inteligencia Artificial en la Educación. La mayoría de los docentes y diseñadores instruccionales asumimos que el mayor riesgo es que los estudiantes pierdan su capacidad de pensar. Pero para que una habilidad se atrofie, primero tuvo que haber existido.
Durante décadas, nuestras escuelas y universidades operan bajo un modelo de educación bancaria que premia la memorización del contenido declarativo (definiciones, fechas, datos, sucesos, procesos), redacción formateada, obediencia en la entrega de tareas y proyectos.
A los estudiantes se les entrenó para saber respuestas correctas, no para sostener la fricción de la duda, pensar críticamente, debatir ideas ni tolerar el pensamiento divergente. Ante la irrupción de los modelos generativos, el sistema educativo ha entrado en un estado de pánico moral que exige de golpe lo que nunca se practicó ensus cursos: que sean supervisores críticos, que identifiquen sesgos ocultos, que detecten alucinaciones probabilísticas y que ejerzan un juicio crítico y analítico independiente.
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