Dejé de enseñar en la universidad porque me encontré con una contradicción demasiado grande como para seguir ignorándola. Mientras yo intentaba mostrar a mis estudiantes cómo usar la Inteligencia Artificial para pensar mejor, la institución me pedía que fingiera que esa misma IA no existía. Yo los animaba a usar las herramientas, a mostrarme no sólo el producto final de un ensayo, sino cómo habían dialogado con un agente para llegar a sus conclusiones; pero la lógica de la evaluación universitaria seguía atrapada en otro siglo. Se trataba de cazar trampas, de vigilar si un párrafo había sido escrito “de puño y letra” o por un modelo generativo, cuando la verdadera pregunta era mucho más profunda: ¿qué significa evaluar a un estudiante en un tiempo en el que nuestras herramientas también piensan?
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El proferos Víctor González nos narra su experiencia como docente universitario. Mientras él se animaba a integrar las herramientas IA en su clase para fomentar la profundidad analítica estudiantil, el sistema se enfocaba más en rastrear el origen de los escritos. Es muy lamentable que en algunas universidades prefieran detectar la trampa, el plagio o el uso de la IA en los trabajos entregados. ¿En dónde está el pensamiento de orden superior? ¿Por qué se enfocan más en la detección que en la práctica del ejercicio mental? ¿Por qué siguen corrigiendo trabajos escritos con las mismas estrategias del siglo 20? Estamos en tiempos de medir las Fuerzas de Cambio Estudiantil, no en tiempos de calificar los manuscritos entregados...