El pequeño Johnny estaba siendo sometido a unas pruebas para conseguir un papel en una obra de teatro que se iba a representar en la escuela. Su madre sabía que el muchacho había puesto en ello toda su ilusión, pero ella temía que no iban a escogerlo.
El día que se repartieron los papeles, Johnny regresó corriendo de la escuela, se echó en brazos de su madre y, lleno de orgullo y de excitación, le gritó: «¿A qué no sabes una cosa? ¡Me han escogido para aplaudir!».
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Del informe escolar de un niño: «Samuel participa estupendamente en el coro del colegio escuchando con mucha atención.»
—Anthony De Mello, La oración de la rana
Una obra de teatro, un coro, una danza, cualquier representación escénica y en general toda obra de arte están dirigidas a un público, carecen de valor y sentido si no hay alguien que ponga su inteligencia y sensibilidad para apreciarlas. Y lo mismo ocurre con las presentaciones. Se puede presentar de muchas maneras, con más o menos gracia, con mayor o menor elocuencia y fluidez, de forma plana y expositiva o con gran pasión y sentimiento, pero siempre se hace delante de una audiencia, por y para una audiencia. El arte de presentar solo tiene sentido junto con el arte de saber escuchar, de saber ser público y estar en el público.