"La ética, el carácter «esencialmente un saber para actuar de un modo racional», en definición de Adela Cortina, no se regala: se aprende. A cualquier institución –y el Gobierno es una de ellas, que tenga como finalidad integrar a las personas, a los ciudadanos, en un proyecto común–, se le debe exigir que genere confianza y, además, que actúe con dimensión ética. Es decir, con transparencia sobre sus actos y comportamientos para dar seguridad a las personas, hombres y mujeres a las que esa institución dirige su actividad. Seguridad y confianza. La transparencia es en democracia una obligación ética y estética, nunca una humillación."