"Los orígenes de la democracia moderna se encuentran, al menos en parte, en la revolución americana y en su carácter eminentemente burgués. Una revolución que desconfiaba del potencial desestabilizador del ejercicio del poder por parte del pueblo. Una desconfianza democrática que se traducía institucionalmente en un entramado de densas intermediaciones destinado a controlar y a limitar el ejercicio del poder por parte de la ciudadanía. Tal como lo explicaba Crossman en Biografía del Estado Moderno, la revolución americana, lejos de mostrar ningún entusiasmo democrático, construyó una densa red de instituciones cuya finalidad era no ser atravesada ni por una gota de sudor de la soberanía popular.
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En segundo lugar, la intermediación reclama confianza; y ésta, lamentablemente, ha desaparecido. Los partidos políticos deben trabajar para recuperarla, aun reconociendo la dificultad de la tarea. Las actuaciones posibles no son originales, sino que deben centrarse en lograr una transparencia efectiva. El acceso a la información, el respeto unos códigos de comportamiento y, en general, la ejemplaridad de sus actuaciones deberían ser los pilares para recuperar la confianza de la ciudadanía. (...)"