Tenemos un Papa que cree en el Evangelio

Es un hecho que, en la Iglesia, hay gente muy religiosa, sobre todo entre el clero, que no está de acuerdo con el papa que tenemos. No pienso analizar aquí este complicado asunto. Lo que pretendo, en este breve escrito, es simplemente indicar por qué cada día veo más claro que, ¡por fin!, tenemos en la Iglesia un papa que cree en el Evangelio de Jesús. No digo, en modo alguno, que los papas anteriores no hayan creído en el Evangelio. Por supuesto, que han creído. Lo que pasa es que, cuando hablamos del Evangelio, no es lo mismo creer en él, que vivir como el Evangelio nos dice que tenemos que vivir. Aquí tocamos el nudo del problema. Y en esto está la clave de todo este asunto.

He leído - y releído – el discurso que el papa pronunció, en Roma, ante más de 3.000 participantes de 60 países, que representaban a los movimientos populares de todo el mundo. Pues bien, lo que más me ha llamado la atención, al leer este discurso papal, es que en él no se habla de Teología, ni de Exégesis Bíblica, ni de Doctrina Social de la Iglesia, ni de Ciencias Políticas o Sociales, ni de las enseñanzas del Magisterio Eclesiástico, ni de la Soteriología, ni de la Escatología, ni de la Cristología o la Eclesiología, ni de la Modernidad o la Posmodernidad, ni de ninguna de esas cosas con las que se calientan la cabeza, a diario, los más sesudos pensadores del saber cristiano. Nada de eso, por lo visto, le interesa al papa Francisco.

Entonces, ¿qué es lo que le interesa a este papa cuando se ve delante de quienes representan a las gentes más necesitadas de este mundo? Pues, o yo estoy ciego (o me ciega no sé qué extraña pasión), o lo que al papa le preocupa y le angustia es exactamente, ni más ni menos, que lo mismo que le preocupó y le apasionó a Jesús de Nazaret. ¿De qué se trata? ¿Qué es esto?

Si algo hay claro, en los evangelios, es que el centro de las preocupaciones de Jesús no fue rendir culto a un Dios supremo, sino iniciar una autentica revolución de ideas sociales, en que se comprenda que Dios ha dejado al hombre solo en la tierra para ayudar al hombre. A esto parece que llego Jesús poco a poco, pero al ser ejecutado por el poder politico romano (solo crucificaban a rebeldes al Imperio), reconoció lo duro de esa tarea al exclamar aquel Dios mio por qué me has abandonado. Pero el problema, que plantean los evangelios, no está en sustituir una religión de sacerdotes negociantes en el templo y dóciles ante el poder económico  politico, por otra nueva religión con nuevos templos e instituciones como los que desde Constantino se crearon traicionando el mensaje del Galileo.  El problema está en comprender que sólo llegaremos a ser fieles hijos de Dios, no por ir mucho a la iglesia, sino al ayudar al prójimo en lo individual, en lo social y en la conservación del espacio natural amenazado de muerte ecológica porque los poderes economicos sólo funcionan según su egoismo individual, y no hay Mano Invisible, como pensaba Adam Smith siguiendo a Mandeville, que del egoismo del capitalista produzca un bien universal.

Es decir, si algo hay claro en el Evangelio, es que a Dios no lo encontramos primordialmente en la “observancia de la Religión”, sino en la “lucha contra el sufrimiento humano”. Por eso el papa habló, con tanta fuerza, no de los grandes temas teológicos y morales de los que venían hablando los papas, desde León XIII hasta Benedicto XVI. Nada de eso. Lo que Francisco hizo, en su discurso, fue irse derechamente a lo mismo que hizo Jesús. En cuanto se puso a anunciar LA BUENA NUEVA (EVANGELIO) del Reino de Dios, ¿qué hizo?  No se fue al templo a rezar sino se puso a curar enfermos, aliviar penas, acoger a gentes desamparadas, comer con los hambriento, a reunirse con los marginados (prostitutas, leprosos ), hoy habría ido con los transexuales o inmigrantes que tanto odia el neofascista Trump y lo hizo sin tener en cuenta para nada si aquellas curaciones y aquellas comidas, con gentes de mala vida y mala fama, estaban permitidas o prohibidas por la religión establecida.

Sin duda alguna, la Iglesia tiene que cambiar. Pero, ¿tenemos claro en qué tiene que cambiar? El problema de fondo no es (aunque es necesario acabar con una curia corrupta de enriquecidos con limosnas destinadas a los pobres) cambiar los cargos y dicasterios (oficinas) de la Curia Vaticana. Ni siquiera el problema está en que el Vaticano afirme la importancia capital del Evangelio, cosa que ya ha hecho tantas veces. Todo eso puede quedarse en mera palabrería. El problema central y decisivo de la Iglesia está en que ponga el motor de su vida y su presencia en la sociedad en vivir como vivió Jesús.

La fórmula determinante quedó formulada por Francisco con brevedad y precisión: “hablamos de la necesidad de un cambio para que la vida sea digna”. La “dignidad