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¿Cómo puede la escuela albergar los
nuevos modos de ser? Sobre los desafíos
que las subjetvidades y los cuerpos
contemporáneos representan para la
escuela. Entrevista a Paula Sibilia*
*Dra. en Salud Colectiva, (IMS-UERJ); Dra. en Comunicación y Cultura (ECO-UFRJ); Mg. en Comunicación, (UFF);
Lic. en Comunicación, Universidad de Buenos Aires; Lic. en Antropología, Universidad de Buenos Aires. Prof. del
Postgrado en Comunicación y del Departamento de Estudios Culturales y Medios de la Universidade Federal
Fluminense. Investigadora becaria de las instituciones CNPq y FAPERJ. E-mail: sibilia@ig.com.br
**Lic. en Ciencias de la Comunicación, Universidad de Buenos Aires; Doctoranda en Ciencias Sociales, FLACSO
Argentina; Becaria doctoral CONICET; Inv. del Área de Educación de FLACSO Argentina.
E-mail: verotobena@gmail.com
Entrevista
*
DOSSIER / ENTREVISTA / ARTÍCULOS / RESEÑAS
VERÓNICA TOBEÑA**
El año pasado Paula Sibilia, investigadora y ensayista argentina residente
en Río de Janeiro, viajó a Buenos Aires invitada a participar del 5º encuentro
del Seminario Educar la mirada organizado por el Área de Educación
de FLACSO. En el marco del panel que la tenía como oradora, que invitaba
a la reflexión desde el sugestivo título “La escuela en la era digital, ¿una
institución perimida?, Sibilia propuso abordar esta cuestión haciendo un
repaso por los condicionantes históricos que modelaron la matriz disciplinar
de la escuela, dejando sentado desde qué perspectiva entiende
que debe abordarse la problemática de la escuela frente a las transformaciones
culturales contemporáneas que la acechan. Sus antecedentes
e intereses académicos, que no pasan estrictamente por el campo de la
educación, establecieron un marco de lectura que configuró una mirada
bien interesante desde la cual auscultar los desafíos que enfrenta la escuela
del siglo XXI.
Especializada en temas culturales contemporáneos que abordan
las relaciones entre medios de comunicación, tecnologías digitales,
manifestaciones artísticas, cuerpo humano y subjetividades. Escribió los
libros El hombre postorgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales
(2005) y La intimidad como espectáculo (2008), ambos publicados en
castellano por la editorial Fondo de Cultura Económica y, en versión
portuguesa, también en Brasil. Sus trabajos más recientes se ocupan del
estatuto del cuerpo y de sus imágenes, examinando las nuevas prácticas
corporales y las transformaciones en la subjetividad contemporánea.
Este diálogo surge como un intento de prolongar la conversación iniciada
con Sibilia a partir de su participación en el seminario de referencia y
también con la intención de repensar los temas a los que se dedicó en sus
libros a la luz de nuestro objeto de estudio: la escuela.
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-En tus libros, primero en El hombre postorgánico y luego en La intimidad como espectáculo,
fuiste delineando los modos en que las transformaciones culturales, sociales, políticas, económicas
y fundamentalmente tecnológicas, van modelando las subjetividades y los cuerpos. En esos
trabajos señalás el contraste existente entre el individuo contemporáneo y el que era producto de
las sociedades basadas en una economía industrial.
-Sí, a pesar de las evidentes continuidades entre ambos tipos de sociedad y sus respectivos
modelos de subjetividad, yo creo que se puede detectar una ruptura que se empezó a delinear
en la segunda mitad del siglo pasado y que hoy cristaliza entre nosotros. Como resultado de
esas transformaciones, podemos identificar varias diferencias entre esos dos “modos de ser y
estar en el mundo”, históricamente constituidos, cuya configuración es el complejo fruto de
una serie de factores no sólo económicos sino también políticos y socioculturales.
Por tal motivo, creo que el fenómeno que denominamos “la crisis de la escuela” -y que también
abarca a otras instituciones modernas- es tanto un efecto como un multiplicador de
esa otra crisis más profunda y quizás más importante: la que afecta a cierto modelo subjetivo
que está en declive y se está transformando. Ese tipo de subjetividad típicamente
moderna fundaba al yo sobre las bases más o menos sólidas y estables de la “interioridad
psicológica”, y se instauró de modo hegemónico durante doscientos años en las sociedades
occidentales.
A lo largo de todo el siglo XIX y buena parte del XX era fundamental, para poder desarrollar y
cultivar el propio yo, disponer de un recinto propio: un espacio separado del ámbito público
y de la intromisión ajena mediante sólidos muros y puertas cerradas. La privacidad y la intimidad
eran necesarias para poder “ser alguien” en ese universo, para convertirse en un sujeto
moderno y estar en condiciones de producir la propia subjetividad. La soledad y el silencio
eran requisitos fundamentales para ejercer esa autoconstrucción, cuyas herramientas más
usuales requerían la palabra, especialmente en la medida en que ésta se presta a la lectoescritura:
el diario íntimo y las cartas, por ejemplo, o los cuentos y las novelas, pero también la
confesión intimista o la mera introspección.
En los últimos años, sin embargo, esas tecnologías han perdido su antigua relevancia y se han
vuelto cada vez más “incompatibles” con las subjetividades y los cuerpos contemporáneos,
con sus ritmos y sus modos de vida, mientras van surgiendo otros instrumentos más adecuados
para la autoconstrucción y la sociabilidad. Así, en un mundo en el cual la “cultura letrada”
se desvanece como un horizonte de realización privilegiado, vemos incrementarse el valor de
la imagen -especialmente del aspecto corporal-, el culto a las apariencias
y la valorización de todo aquello que los demás pueden ver, así como la
necesidad de administrar al yo como una marca bien posicionada en el
competitivo mercado de las personalidades. Porque en una sociedad que
apuesta al valor de la visibilidad y de una celebridad que se auto-justifica,
aquella instancia “interiorizada” pierde sus viejos sentidos: si algo o alguien
no se ve (o no sabe mostrarse), no tenemos garantías de que exista.
Todas esas tendencias están presionando a las subjetividades y los cuerpos
contemporáneos para que sean de determinada forma y no de otras:
para que adopten ciertos comportamientos, atributos y valores, dejando
de lado otras posibilidades de autoconstrucción y otros modos de relacionarse
con los demás. Es probable que estos nuevos tipos de cuerpos
y subjetividades sean “dóciles y útiles” hoy en día, de un modo semejante
al que aquel modelo del cuerpo mecanizado y su correspondiente subjetividad
interiorizada eran “dóciles y útiles” para satisfacer los sedientos
engranajes de la sociedad industrial.
-¿Cuáles son los rasgos que asumen las subjetividades del presente que creés
que representan un desafío para la escuela teniendo en cuenta que ésta es
una institución que fue creada en otro contexto y para contribuir con condiciones
que hoy desaparecieron? O formulando la pregunta al revés, ¿qué
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“Las subjetividades y los
cuerpos contemporáneos
parecen cada vez menos
“compatibles” con la escuela y
con las tecnologías escolares
en general, probablemente
porque esa institución fue
creada para “modelar” cierta
materia prima humana
con el objetivo de producir
aquellos tipos de cuerpos y
subjetividades modernos, que
ya no resultan más “dóciles y
útiles” en el contexto actual;
es decir, que no nos sirven
como sociedad, y por eso han
dejado de tener sentido en
este nuevo contexto.”
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Entrevista a Paula Sibilia
condiciones observás en la escuela que representan un dislocamiento con las subjetividades que
produce nuestra época contemporánea?
-Las subjetividades y los cuerpos contemporáneos parecen cada vez menos “compatibles” con
la escuela y con las tecnologías escolares en general, probablemente porque esa institución
fue creada para “modelar” cierta materia prima humana con el objetivo de producir aquellos
tipos de cuerpos y subjetividades modernos, que ya no resultan más “dóciles y útiles” en el
contexto actual; es decir, que no nos sirven como sociedad, y por eso han dejado de tener
sentido en este nuevo contexto.
Así, en vez de aquellas personalidades cuyo carácter era “interiorizado”, en el medio ambiente
actual se desarrollan otro tipo de subjetividades. Estos nuevos “modos de ser” no necesitan
más aquellas inmensas dosis de silencio y soledad que los sujetos modernos requerían para
practicar la introspección y, en ese gesto, auto-construirse como individuos únicos y singulares.
Recordemos que todo eso era cultivado en la intimidad del espacio privado, como algo
nítidamente separado del espacio público: no sólo por barreras físicas como las cortinas y las
cerraduras, sino también por fronteras morales aún más rígidas, simbolizadas por el pudor y el
menú completo de la moral burguesa.
En lugar de todo eso, que se está volviendo cada vez más añejo, las subjetividades contemporáneas
tienden a la “exteriorización” de sus características más valiosas, en el sentido
de que se deben volver visibles para confirmar y legitimar su existencia. Por eso se dice
que las nuevas subjetividades son más alterdirigidas (orientadas hacia la mirada ajena) que
introdirigidas (volcadas hacia “dentro” de sí mismas). Y, por motivos cuya raíz es claramente
histórica, están dotadas tanto de nuevas habilidades como de incapacidades igualmente
novedosas; es decir, rasgos más adecuados para lo que implica “ser alguien” en el escenario
contemporáneo. En contrapartida, tanto esas habilidades como esas incapacidades manifiestan
su incompatibilidad cada vez más innegable con respecto al aparato escolar, que
en principio tiende a condenarla bajo el diagnóstico de “fallas” o patologías individuales
-tales como el “trastorno de déficit de atención e hiperactividad”, por ejemplo-, pero que al
multiplicarse acaban socavando las mismas bases de la institución y desafían su capacidad
de seguir funcionando.
-En virtud de estos cortocircuitos con los que suele pensarse la relación que establece la escuela
con el contexto actual este año fuiste invitada a participar de un panel en el marco del 5º encuentro
del Seminario Educar la mirada que organiza el Área de Educación de FLACSO, bajo el título:
“La escuela en la era digital, ¿una institución perimida?”. Allí, tras realizar un análisis pormenorizado
de los mandatos con los que surge la escuela como dispositivo disciplinario, arribás a
un diagnóstico de la situación actual que vos planteaste como dramático, pues señalabas que
la escuela, tal como fue concebida, hoy es irrelevante socialmente y necesita reformularse o que
otra institución acuda a relevarla para recuperar trascendencia en la formación de las nuevas generaciones.
¿Qué función creés que está desempeñando hoy la escuela si ya no cumple con éxito
la transmisión de los valores y los saberes necesarios para integrar a las nuevas generaciones en
el intercambio social? ¿Cómo se expresa esto en Brasil?, ¿cuáles son las diferencias que encontrás
en cuanto al rol que asume la escuela en función de las características de la población a la que
atienden?
-No creo que la escuela se haya vuelto “irrelevante”, sino más bien ineficaz en buena parte de
sus propósitos formadores. Podría decirse que perdió sentido y eficacia porque se han horadado
las bases sobre las cuales se apoyaba. Y ahora no me refiero únicamente al proyecto de
mundo que se orientaba rumbo al horizonte de universalización de la “cultura letrada”, a la
necesidad de producir cuerpos y subjetividades adecuados para alimentar las demandas de
la sociedad industrial, y a los respectivos Estados Nacionales que sustentaban su andamiaje,
sino también a todo el edificio moral en el cual ese proyecto se apoyaba. Pienso entonces en
valores asociados a la disciplina y a cierta “ética protestante”, que hoy se han debilitado enormemente,
tales como el valor del trabajo y del esfuerzo a largo plazo, además del respeto por
la jerarquía y la autoridad; en suma, todos esos requisitos que eran indispensables para el buen
funcionamiento de la máquina escolar.
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A la luz de este panorama en ruinas, ¿qué función cumpliría hoy la escuela? Quizás para muchos
se haya convertido en una suerte de “aguantadero” en el cual se deposita a los niños
“en edad escolar” para que sus padres puedan trabajar y ocuparse de sus propios asuntos, de
modo que la maquinaria social pueda seguir funcionando. En esa dirección parecía apuntar
Gilles Deleuze hace más de veinte años, cuando vaticinó que esa institución ya estaba condenada
sin remedio: “sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación
de las nuevas fuerzas que están golpeando a la puerta”, sentenció ese filósofo en 1990.
De todos modos, más allá de la verosimilitud de esa perspectiva fatalista, tal vez no siempre se
trate meramente de mantenernos más o menos ocupados y conformes hasta que el sistema
entero se termine de desplomar. Aunque esté atravesando una crisis tan profunda, es probable
que para muchos alumnos, padres y docentes siga teniendo sentido o utilidad aquello que
sucede y se aprende entre los muros escolares. Pero no podemos ignorar la evidencia de que,
para un número creciente de involucrados, ese aparato ha perdido su eficacia y su sentido.
Por otro lado, no soy especialista en el tema ni dispongo del conocimiento necesario para
describir la situación específica del Brasil, ni mucho menos para compararla con la de Argentina.
Sin duda, cada contexto nacional tiene sus peculiaridades y sus propias complejidades
(así como también existen diferencias locales más sutiles e incluso contradicciones internas a
cada caso), pero al menos en el plano en que estoy pensando y describiendo este fenómeno,
creo que se trata de un problema con características globales: es fruto de la situación histórica
en que nos encontramos en esta sociedad globalizada de principios del siglo XXI.
-Te propongo un ejercicio: que te animes a imaginar una escuela diferente, que arriesgues algunos
cambios para la escuela que creas que ayudarían a que esta institución se acople más armoniosamente
con las condiciones que presenta el contexto actual, generando experiencias trascendentales
para quienes transitan por ella. En tu intervención en el seminario planteabas, citando
a Foucault, que la escuela tiene como modelo a la cárcel y que su matriz institucional debe a los
institutos carcelarios buena parte de sus rasgos, y que en la actualidad el espejo en el que debe mirarse
la escuela es el de la empresa y/o el de la red global, Internet. ¿Cómo sería la escuela basada
en el paradigma empresarial o inspirada en Internet?
-Ya que estamos tratando temas polémicos y me invitás a hacer un ejercicio imaginativo, te
ofrezco una respuesta con forma de pregunta: quizás estemos en un momento de crisis también
en el sentido de “oportunidad” y no sólo en el de debacle o decadencia. En esa perspectiva,
tal vez podríamos cuestionar la validez de la escuela como principal molde formador universal,
y en ese gesto intentar abrir el horizonte hacia la invención de alternativas realmente
radicales. Al menos como ejercicio imaginativo, considerando que una institución que tiene
como modelo a la cárcel no debería ser nuestra mejor opción. Si hasta ahora no podíamos
imaginar una alternativa, y entonces la aceptábamos con todas sus fallas porque servía a sus
efectos y de algún modo funcionaba, quizás éste sea el momento adecuado para deshacernos
de ella e inventar algo mejor. Aclaro que no estoy aconsejando esa vía en los hechos, sino
como un ejercicio de reflexión que tienda a abrir el campo de lo pensable y lo posible, en una
dirección semejante a la de tu pregunta.
De hecho, no soy la primera a quien se le ha ocurrido algo semejante. Las pequeñas delicias
y grandes penurias inoculadas por la escuela en su apogeo se plasmó en incontables obras
artísticas, filosóficas y literarias, aunque probablemente haya sido el cine quien metabolizó
con más vigor las insurrecciones que propiciaron su debacle: desde Los 400 golpes, de François
Truffaut (1959), hasta If, de Lindsay Anderson (1968), y The wall, de Alan Parker (1982). Todos
los que teníamos uso de razón (así como de pupitres, tizas y papel secante) en aquella época,
por ejemplo, recordamos la secuencia de esa última película que mostraba una fila bien alineada
de cuerpecitos infantiles patéticamente dóciles y útiles. Uniformizados en azul marino
y sin expresión en los rostros, se dirigían con paso firme hacia una picadora de carne mientras
sonaba una marcha con furia destructiva: “no necesitamos educación, no necesitamos control
mental, basta de oscuros sarcasmos en la clase… maestro, ¡deje a los chicos en paz!”.
Esa denuncia de la crueldad implícita en los mecanismos escolares empezó a plasmarse con
fuerza creciente a partir de los años 1960, acusándolos de homogeneizar las singularidades
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para convertir a la joven sustancia vital en ladrillos idénticos que sedimentarían el imperturbable
edificio de la sociedad industrial. Así, por ejemplo, mucho más recientemente, la película
Entre los muros, de Laurent Cantet (2008), registra las peripecias de otro tipo de maestros y
alumnos, aullando en tono bombástico la gravedad de esa crisis en pleno siglo XXI.
Con todo esto pretendo insinuar lo siguiente: no creo que ahora la escuela tenga que aggiornarse
en el sentido de que “deba mirarse” en el espejo de la empresa o de las redes tecnológicas
para ponerse a tono con los tiempos que corren. Creo, sí, que esas instituciones (la
empresa y las redes informáticas) pasaron a ocupar los lugares ejemplares que en la sociedad
industrial solía desempeñar la prisión. Por eso, si el mecanismo del confinamiento y el encierro
disciplinario perdió eficacia, está clarísimo que esas otras modalidades están en auge, y
probablemente sean los principales agentes de un nuevo dispositivo de poder muy compatible
con nuestra actualidad: la conexión.
Por eso digo que no sé si “debería” intentarse esa actualización o esa compatibilización, ya
que bajo esta perspectiva dicho esfuerzo tendería a recuperar la eficacia perdida de la cárcel
escolar. De modo que, tal vez, lo que deberíamos hacer es cuestionar esta otra lógica antes de
que se desplome ella también al perder su eficacia histórica (como
ahora está ocurriendo con el régimen precedente); y, en su lugar, intentar
crear con osadía algo que nos satisfaga más. Claro que yo no
estoy en condiciones de orientar en ese sentido de un modo más
concreto, pero al menos quedan aquí lanzados tanto la inquietud
como el desafío…
-El nivel medio de la educación viene sufriendo cuestionamientos
desde hace décadas y, en líneas generales, los interrogantes que la
envuelven surgen de la constatación de una distancia cada vez más
amplia entre el camino que anduvo esta institución y el destino que
había trazado para ella el proyecto moderno. Para abreviar esta brecha
se rectificaron ciertos mandatos que recaían sobre el nivel (en la
Argentina, por ejemplo, se reemplazó el mandato de selección por el
de inclusión masiva), pero muchas de las ideas fundantes del nivel
siguieron signando la configuración del sistema educativo haciendo
de éste un conglomerado de instituciones muy desiguales tendiente
a consolidar una dinámica de fragmentación creciente. La definición
homogénea del sujeto que amputa los rasgos particulares para encuadrar
dentro de un universal al conjunto, las jerarquías culturales basadas
en una concepción enciclopedista y positivista del conocimiento,
la matriz fuertemente asimétrica en que se enmarcan las relaciones
de enseñanza-aprendizaje, forman parte de algunos de los problemas
que la escuela hereda del legado moderno. En tus textos advertís estas
dificultades que presentan las instituciones modernas en la actualidad
debido a su fuerte impronta disciplinaria pero también atribuís
un peso específico en esta cuestión al advenimiento de las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación y a las innovaciones
digitales. ¿Dónde creés que reside el principal desafío que tiene hoy la institución escolar?, ¿es el recambio
tecnológico el factor que la está poniendo en jaque o esta circunstancia es una más entre
otras que se están conjugando para poner en “crisis” a la escuela? ¿Qué papel te parece que juega
la aparición de tecnologías digitales en esto que los discursos nominan como “crisis de la escuela”?
-La popularización de los dispositivos digitales de información y comunicación (sobre todo
los portátiles) no generó esta crisis, que es notoriamente anterior y remite al agotamiento
del modelo disciplinario, pero está claro que contribuyó a profundizarla y la tornó ineludible.
Cada vez es más evidente que la vigilancia centralizada, el encierro con horarios fijos y las pequeñas
sanciones que regían en las instituciones típicas de los siglos XIX y XX como la escuela,
la fábrica y la cárcel, ya no son necesarios para convertirnos en subjetividades compatibles
con los ritmos actuales. En contrapartida, son mucho más eficaces las nuevas formas de atar-
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nos a los circuitos integrados del mundo contemporáneo: ahora estamos todos “libremente”
conectados a dispositivos como las redes sociales, el e-mail y el teléfono portátil, por ejemplo.
Los más jóvenes parecen especialmente “dóciles” en ese sentido: lo hacen con placer, a todo
momento y en cualquier lugar. Inclusive, usan esa vía de escape para sobrevivir al hastío que
implica, a pesar de todo, tener que pasar buena parte de sus días encerrados en escuelas.
Lo que quisiera subrayar, sin embargo, es que no se trata tan sólo de una liberación de los
mecanismos de control de la era industrial, cuya eficacia ha disminuido de forma notoria. Además,
estos nuevos artefactos adhieren al nuevo régimen de poder que se ha instalado en las
últimas décadas, aquel que Gilles Deleuze denominó “sociedad de control” actualizando las
reflexiones de Michel Foucault acerca de la “sociedad disciplinaria”, de la cual nos estamos
alejando. En ese sentido, está claro por qué la escuela es reacia a la intromisión de celulares
e Internet, por ejemplo, herramientas capaces de atravesar los muros carcelarios y escolares
-poniendo en jaque, así, su eficacia en términos de control- y, además, perfectamente “compatibles”
con los cuerpos y subjetividades de los chicos de hoy en día.
Al fin y al cabo, usando esos instrumentos se aprenden cosas que el colegio no sabe enseñar:
a estar siempre conectados, en contacto, disponibles y reportándose, por ejemplo; a elaborar
la propia imagen con recursos mediáticos y a construirse como un personaje o como una
marca visible. O sea, todas habilidades que se han vuelto fundamentales para sobrevivir en el
mundo contemporáneo y en las cuales vale la pena entrenarse si queremos ser compatibles
con la sociedad en la cual vivimos, aunque eso implique también ser “dóciles y útiles” en aquel
sentido denunciado por Foucault.
Todo esto implica, sin duda, un enorme desafío para la escuela: ¿qué hacer ante esta situación?
¿Seguir negando el acceso intramuros a esos aparatos, considerándolos enemigos casi
demoníacos del sistema escolar, o incorporarlos para ver qué pasa? Pienso que probablemente
no haya otro camino más que esta última opción. Sin embargo, también me permito dudar
sobre la eficacia en sentido amplio de esa incorporación: ¿qué resultará de esa hibridación?
¿La escuela sobrevivirá con buena salud a semejante cirugía, o se transformará en algo tan
distinto que todavía no tenemos palabras para nombrarlo?
-Muchas veces, a pesar de ella, la escuela debe enfrentarse con las manifestaciones, las expresiones,
las sensibilidades y los artefactos de la cultura contemporánea en virtud de los jóvenes, y es
habitual que esto se dé de forma conflictiva. Para muchos es de sentido común pensar que estos
conflictos se enraízan en la constitución subjetiva diferencial que caracteriza a adultos y jóvenes
en virtud de las distintas condiciones sociales en que se formaron unos y otros (en la sociedad
industrial los primeros y en la sociedad de la información los segundos). Sin embargo, hoy tanto
jóvenes como adultos se ven expuestos a un mismo entorno tecnológico y ninguno escapa a las
modelaciones de las nuevas tecnologías. ¿Por qué creés que suele leerse la cuestión tecnológica
en términos generacionales? ¿Hay algo de la condición juvenil que te parece que la hace más sensible
a las nuevas tecnologías y que contribuye a ensanchar la brecha intergeneracional? ¿Qué
diferencias advertís entre la generación juvenil de los sesenta y la actual y a qué atribuís el perfil
diferencial que muestra una y otra?
-Los adultos estamos inmersos en este nuevo medio ambiente, sometidos a las mismas presiones
y estímulos que los más jóvenes; por tanto, nosotros también nos construimos cotidianamente
como subjetividades y cuerpos contemporáneos. Sin embargo, los chicos tienen menos
distancia con ese arsenal, por tal motivo, se acoplan y se ensamblan con esos dispositivos
de forma más ajustada. Así, generan con ellos una compatibilidad más total; entre otros motivos,
porque difícilmente logran pensarlas como algo histórico, un proceso del cual forman
parte pero que tuvo un principio y probablemente tendrá también un desenlace. Eso es algo
que a los adultos no nos resulta tan difícil de experimentar, aunque más no sea porque hemos
vivido su surgimiento: si bien por momentos también perdemos dicha perspectiva, en el fondo
sabemos que no hace mucho tiempo era posible vivir sin todo esto. En tal sentido, aunque
se festeje todo un imaginario de libertad en torno a ese mundo y a su frescura especialmente
juvenil, tal vez los chicos estén más indefensos frente a los suaves tentáculos de los nuevos
dispositivos de poder, que instan a la placentera conexión voluntaria y constante.
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De todos modos, no creo que haya algo en la juventud que la haga más sensible a las nuevas
tecnologías y que contribuya a ensanchar la brecha intergeneracional, simplemente se trata
de procesos históricos y de diferentes niveles de adaptación a sus modelajes. Sin embargo,
hay algo preocupante en la aparente incapacidad de situar históricamente a estos procesos, y
la consecuente falta de sentido histórico para explicar lo que somos, que parece tener como
consecuencia la impresión de que el futuro se encuentra cerrado -salvo por los avances tecnológicos
y las eventuales tragedias ecológicas- y que no somos nosotros los agentes activos de
su devenir. Creo que esta característica forma parte de las experiencias corporales y subjetivas
contemporáneas en general, pero se ven más acentuadas en los jóvenes. De todos modos,
también es cierto que sobre el futuro no sabemos nada, ni los más chicos ni los más viejos.
Entonces, ¿quién puede prever qué surgirá de todo esto, incluso a cortísimo plazo? Ese es otro
de los motivos por los cuales nuestra era es tan fascinante y vertiginosa; para bien o para mal,
esa incertidumbre y esa abertura inédita involucran también al futuro de la escuela.
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