Friedrich Nietzsche, en la tercera de sus Consideraciones intempestivas (1874) afirma que toda operación de escritura responde a un gesto de expresión que es exactamente el que definimos como figura retórica. Siguiendo la estela nietzschiana, la figura principal sería la analogía, más concretamente la metáfora y la metonimia. De hecho, la metonimia (que originariamente quiere decir movimiento y que debe entenderse como desplazamiento del sentido) adquiere una extensión y una productividad superiores a las de la metáfora. Huelga decir que la retórica no debe considerarse un mero ornatus, es decir un sistema de adornos del contenido, sino una forma de expresividad connatural a la literatura.

Al ser en nuestros días un componente marginal en la formación básica de las Humanidades o las Letras, la retórica no dispone del lugar que merece en la enseñanza de la traducción y ocupa un lugar muy secundario en la investigación sobre traducción.

Por desgracia, en teoría de la traducción se ha preferido recurrir a otras nociones para designar las decisiones que toma el traductor, como «estrategia» o «técnica», pero estos términos no nos dicen nada por sí mismos. Chevalier y Delport (L’Horlogerie de Saint-Jérôme, 1985) han definido la figura de traducción en negativo: el tropo surgiría, según estos autores, ahí donde hubiera podido no estar o, dicho de otro modo, ahí donde «la construcción literal es perfectamente posible en términos de fidelidad».

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