El documental de Tatiana Huezo prescinde la mayoría del tiempo de la música. Mientras la cámara va de un lado a otro, acariciando el paisaje o las figuras humanas, se despliega toda una gama de sonidos naturales: cigarras, lluvia, pájaros, viento, hierba... La música de Leonardo Heiblum y Jacobo Lieberman irrumpe oportunamente para encaminarnos hacia el final de la obra.